domingo, 29 de julio de 2007

¡Huelga Papayera!

Me da gusto presentar a David Chikame, estudiante de Literatura; autor del siguiente artículo.
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Había una vez una hermosa papaya, bastante regordeta, brillante, madura… ¿“había una vez”?, que comienzo más empalagoso, esta historia alcanza un nivel que en realidad merece más que las típicas palabras que de entrada dicen: “es un cuentillo para niños”. Eso de introducir un texto así, es cosa pasada, ¡no mas!, sería penoso afirmar lo mismo en este mediocre siglo, cuando los que creen saber escribir, escriben seguros y en cambio, los que saben escribir, están llenos de dudas. Pero entonces cabría preguntarse, ¿qué se necesita para saber escribir? Posiblemente hallar la respuesta exacta nos quede lejos, de hecho ya lo estamos; sin embargo, si caemos en el facilismo del uso de la palabra, podríamos acercarnos a la respuesta para afirmar, como lo hacen cientos escritores y pensadores en el mundo que creen tener la última palabra, lo que hace verdaderamente a un hombre ser escritor. Que ignorancia la nuestra comer cuento a la enardecida verborrea de muchos, puesto que pocos se salvan de este diluvio de verdades; aún así, nadie tiene porque apropiarse de la palabra y de la autoridad para definir si un hombre sabe escribir, eso que vengan a decírselo a los que no ven en la escritura una forma de vida, ni en los que alimenta el espíritu la literatura y la lectura, ¡el colmo! ¡El colmo y el triple de los colmos!, ¡El colmo tanta palabrería! A otros con ese cuento…

Pero bueno, ¿qué pasó con la papaya?, esa fue la tesis principal; lo demás, fue sólo un caprichito, eso que a veces sucede cuando las ideas se saltan de los cajones de la mente y pasan al conjunto de palabras creadas, que a medida que avanzan, dan orden y sentido a historias, relatos, cuentos, fábulas, poemas y hasta novelas, para permitirnos dar cuenta de otra realidad que está sumida en la nuestra, probablemente para ser leída, o por qué no, para convertirse en una íntima herramienta que esconda esos secretos que escuchan las palabras y que sólo conoce quién las escribe.

Desde el inicio sabíamos que la papaya era hermosa, regordeta, brillante y madura, pero nos faltó decir que pronto su dueña la comería. Carlota Filón era el nombre de esta fruta, había vivido más de doce días y se mantenía igual de irradiante y bella, pero un día, uno de esos en que no faltan los antojitos, su dueña dijo emocionada: -¡Hoy haremos jugo de papaya!- Entonces cuando Carlota, procedente de las islas de Yucatán y de la familia Filón, en honor al nombre del sembrador, escuchó la noticia, inmediatamente palideció, saltó del frutero en que habían bananos, mangos, manzanas y mandarinas, y buscó en el canasto de la nevera a sus demás compañeras, las más envejecidas. ¿Qué, qué?, ¿Cómo así que una papaya salta de un canastro y abre una nevera?, qué ilusos por nuestra parte creer que las frutas son capaces de eso, aunque en realidad, no faltan las personas acomplejadas que creen en lo imposible; imaginan a las frutas semejantes a los hombres, por su capacidad de pensar, de comunicar, y además, porque ellas, las frutitas de la naturaleza, también sienten, qué locura; desde luego, la gran mayoría no se ha detenido a pensar en nuestra descabellada hipótesis, y suponemos que no será sorpresa ni deleite para la común muchedumbre más disipada que se ha formado en los últimos tiempos, que sólo se mueve de acuerdo a una necesidad, y lo demás, lo importante, ¡que se lo coman los incestuosos gusanos!, porque no hay espacio para la libertad, estamos pero ciegos, más ciegos sin ser ciegos, y ciegos por no diferenciar lo que sí es realidad, verdad de la mentira, odio del amor, entre otros.

Al considerar que sólo las papayas existen para ser consumidas, que están por estar y para estar, y que son una base vitamínica y vital para el organismo, no refutaremos de lo anterior en lo absoluto. Nosotros sin entrar en discusiones omisas, sólo sabemos que Carlota enfurecida si pudo alguna vez saltar de un frutero, abrir una nevera y organizar una huelga entre las seis o siete papayas que se encontraban. Estas papayas salieron de la nevera, se deslizaron lentamente sobre el piso de la cocina y con gritos iracundos en coro decían: - ¡Por la libertad de expresión!, ¡no al crimen!, ¡no al crimen!- así anduvieron por el comedor, la sala, el patio y las otras habitaciones que yacían vacías. Carlota gritaba, sus emociones se reflejaban en el color fuerte que tomaba su ovalado cuerpo, y era ella, quien lideraba la marcha entusiasmada.

La dueña se encontraba en el baño cepillándose los dientes, hasta que los gritos de las frutas la escandalizaron, abrió la puerta, las observó sorprendida y sin dudar de lo que veía la dueña empezó a vociferar, se encerró inmediatamente. Unos minutos más tarde se calmó la pobre anciana que no podía concebir el espectáculo que le hacían unas frutas, que a suponer, jamás hablan, ni opinan, ni caminan, ni nada; en aquel momento la dueña hizo silencio para tratar de escuchar lo que unas simples papayas le decían del otro lado, hasta que por fin logró comprender digamos que la razón de la huelga, que a tono chillón unas papayas replicaban -¡Por la libertad de expresión!, ¡no al crimen!, ¡no al crimen!- La anciana desesperada quedó pasmada, abrió tan rápido la puerta como pudo y sin creer, porque nadie se cree ni este cuento: la pobre viejecita que en bata se hallaba, de un chancletazo acelerada extirpó la primera papaya, que ahora magullada, hecha masa, puré, toda un sopa de semillas negras, un menjurje espeso, de olor nauseabundo, fétido, pestilente, sabor a vómito: moría aplastada por el brillante suelo del corredor. La anciana soltó como pudo de sus entrañas un grito, al tiempo que su cuerpo como un abrir y cerrar de ojos se estampaba sobre el mismo camino, se había resbalado a razón del líquido acuoso de papaya, que ahora la dejaba como Carlota, simplemente muerta. La sangre que ni roja parecía, la papaya convertida en papilla, la sandalia de la anciana con el pedazo entre la suela, la cara de Carlota, el rostro de la anciana, que ni forma tenían y la huelga, esa huelga, que ni huelga era pero se creía, había terminado en un crimen. Estas palabrillas: -¡Por la libertad de expresión!, ¡no al crimen!, ¡no al crimen!, que se lo digan al que sí se come este cuento, qué libertad de expresión y “qué ocho cuartos”.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Es como la segunda vez q me doy una pasadita, y este articulo se me hace muy intersante, me hizo sacar unas cuantas carcajadas y tiene un bonito mensaje, toda una crítica en su interior desde el punto de vista social, de pensamiento, artístico y literario...huyyy y lo super curioso termina siendo el comienzo q me encanta y el final q es arrazador, muy peculiar hablar de unas papayas, jajajaja...felicidades!

Anónimo dijo...

Qué decirle al ChiKM!! qué darle!! con que alimentar sus expectativas...y con que resaltar sus particularidades sin que el señor se salga de control...
Por ahora diré que me dejé sorprender por el "cuento de las papayas" y me gustó...me hizo reir. En cuanto al "supuesto-tema-eje-central" del artículo...lo hablaremeos después face to face dude!!. Pero ya sabe, siga dándole a sus fruticuriosidades.

Anónimo dijo...

Oye..nooo, en serio q está una nota, cómo asi q huelga papayera?...tenés q explicarme eso!...jejejejeje, bueno resulta claro, pero no entiendo cómo te nace la idea de escribir de una papaya...eso me lo cuentas después, pero me alegra este texto, q creativo!
vale la pena leero

Anónimo dijo...

Me llama la atención, más allá de las papayas y de la reflexión inicial; La lucha que llevaron las papayas a través de esa insignia antagónica que pregonan...Que contextualizándolo en la realidad Colombiana, es lo que les ha pasado a muchos grupos de sindicalistas, grupos armados, grupos empresariales y demás...Que han perdido el norte de sus ideales iniciales...